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Cuando se habla de José Ordóñez, a muchos se les viene a la mente la imagen de un hombre sonriente, capaz de romper récords mundiales contando chistes durante horas sin detenerse. Para Colombia y para el mundo, es uno de los grandes referentes del humor latinoamericano. Pero detrás de las risas, existía un secreto silenciado durante más de cuatro décadas: una infancia marcada por el abuso, el maltrato y el abandono.
¿Cómo es posible que alguien que ha dedicado su vida a hacer reír, en realidad haya cargado con tanto dolor? ¿Qué nos enseña su historia sobre la resiliencia y la importancia de la salud mental? La confesión de Ordóñez no solo es un acto de valentía, sino también una invitación a reflexionar sobre cómo el dolor, cuando se transforma, puede convertirse en motor de vida.
José Ordóñez nació en Bucaramanga, en un hogar que estaba lejos de ser un refugio seguro. Desde muy pequeño aprendió lo que significaba sentirse solo. “Siempre fui un niño debajo de una mesa jugando con palos y piedritas y creaba mis historias ahí, pero no tenía amigos”, relató en una entrevista. Ese rincón bajo la mesa no era solo un lugar de juegos; era su refugio en un entorno marcado por la falta de afecto y las tensiones familiares.
A los nueve años, su vida dio un giro aún más doloroso: fue víctima de abuso sexual por parte de los hijos de una familia vecina. Un hecho devastador que quedó guardado en silencio por más de 40 años. No lo compartió con nadie. Ni siquiera cuando comenzó a hacerse famoso.
El peso de ese secreto marcó sus decisiones, sus relaciones y su forma de ver la vida. Mientras muchos lo aplaudían en los escenarios, detrás del telón cargaba con una historia que nunca había contado.
La niñez de Ordóñez estuvo también atravesada por el abandono. A los 16 años, su padre se fue de la casa, dejándolo sin la figura masculina de referencia en un momento crucial de su vida. Por otro lado, su madre ejercía un trato que él mismo describió como maltrato. Esta combinación de experiencias no solo lo hirió profundamente, sino que también alimentó un sentimiento de vacío y de lucha constante por encontrar su lugar en el mundo.
¿Cómo podía un adolescente procesar tantas pérdidas y seguir adelante? Para José, la respuesta estuvo en el humor. El mismo humor que más adelante se convertiría en su marca personal, nació como un mecanismo de defensa frente al dolor.
Convertirse en humorista no fue una casualidad. Fue, en gran medida, un camino de supervivencia. José descubrió que el humor era su escudo. Reír y hacer reír le permitía sobrellevar las cargas emocionales que había acumulado desde niño.
“Transformó su dolor en chistes”, relató la prensa, y esa frase resume lo que para él fue un proceso de resiliencia. Lo que podría haberlo hundido, terminó dándole un propósito. Con cada chiste, con cada carcajada que provocaba, José encontraba un poco de alivio para su propia historia.
Pero ese mismo humor también escondía peligros. En su camino hacia la fama y la autoafirmación, reconoció haber reproducido patrones de orgullo y distancia que, en ocasiones, lo llevaron a herir a quienes amaba. Reconocerlo fue un segundo acto de valentía: admitir que el dolor no desaparece por completo y que, si no se sana, puede transmitirse a los demás.
Confesar públicamente lo que había vivido no fue sencillo. Pasaron más de cuatro décadas antes de que José se atreviera a hablar de ello. “A mí me decían: ¿por qué usted no estudia, por qué no sale adelante? Y yo sabía que mi supuesta mediocridad era producto de algo más profundo”, explicó.
Romper el silencio fue un acto sanador. Poner en palabras el abuso, el abandono y el maltrato le permitió liberarse de una carga que había llevado en secreto durante demasiado tiempo. También le permitió enviar un mensaje poderoso: que hablar de lo que nos duele no nos hace débiles, sino valientes.
En medio de su búsqueda, José encontró en la fe un camino de reconstrucción. Se convirtió en pastor cristiano y empezó a predicar no solo en templos, sino incluso en buses, compartiendo mensajes de esperanza. Para él, la espiritualidad fue una forma de encontrar sentido a su historia y de ayudar a otros a atravesar sus propios dolores.
Hoy, vive en una finca en Piedecuesta, rodeado de su esposa, sus hijos y sus nietos. Allí encontró la calma que durante años se le negó. No dejó de ser humorista, pero ahora su humor está acompañado de un mensaje más profundo: el de la resiliencia y la capacidad humana de sanar.
La historia de José Ordóñez nos deja varias lecciones importantes:
Quizá tú también has guardado silencios por años. Quizá, como José, aprendiste a esconder el dolor detrás de una sonrisa o de una vida aparentemente estable. Su historia nos recuerda que nunca es tarde para hablar, pedir ayuda y comenzar un proceso de sanación.
Puedes acceder a terapeutas y psicólogos en línea de SELIA que están listos para escucharte sin juicios y acompañarte en tu camino hacia la recuperación.
Si prefieres un proceso más estructurado, también tienes la opción de sumarte a programas de bienestar emocional de SELIA diseñados para ayudarte a soltar el dolor y construir una nueva narrativa de vida.
La dura infancia de José Ordóñez no lo definió como víctima, sino que se convirtió en el punto de partida para una vida dedicada a hacer reír. Su confesión, lejos de disminuirlo, lo engrandece como ser humano, porque nos recuerda que la vulnerabilidad compartida puede ser una fuente de fuerza.
Reír puede ser sanador, sí, pero también lo es llorar, hablar y buscar ayuda. Su historia es una invitación a que dejemos de cargar en silencio con lo que nos hiere y nos atrevamos a dar el paso hacia la sanación.
- ¿Por qué José Ordóñez decidió hablar después de tantos años?
Porque entendió que callar no lo liberaba, sino que perpetuaba su dolor. Hablar fue un acto de sanación personal y de inspiración para otros.
- ¿El humor realmente puede ayudar a sanar heridas emocionales?
El humor es una herramienta de resiliencia, pero necesita complementarse con introspección, apoyo profesional y redes de afecto para lograr una sanación profunda.
- ¿Qué hacer si alguien vivió situaciones de abuso en la infancia?
El primer paso es reconocerlo y hablarlo. Buscar terapia es clave para sanar y evitar que ese dolor no procesado afecte la vida adulta.
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